Soraya Santana responde a la pregunta que atraviesa todo el Códice Visceral: dónde nace su arte y por qué ese territorio no admite invasores.
Puedo decirlo sin rodeos: el locus interno es el lugar sagrado dentro de mí, que ni el abusador, ni la sociedad, ni nadie puede expropiar. No es una metáfora que aprendí en un libro; es un territorio que habito desde niña. Hay tradiciones antiguas que cuentan que la vida misma comenzó en una caverna, y algo de eso reconozco en mi propia historia: siempre hubo una cueva —una capilla vacía, una habitación dentro de mí misma— donde el mundo se quedaba afuera y la vida verdadera comenzaba adentro.

Es un espacio sagrado de donde surgen mis pensamientos más profundos, mis más intensas conversaciones con Dios. Ahí nace cada respuesta que busco y que nada externo —ni siquiera la ciencia o la razón— podría darme. En ese lugar recibo la respuesta de Dios a muchas de mis preguntas; desde ahí proceso las vivencias que he tenido en mi vida, en la sociedad, en mi interacción con otros seres humanos; desde ahí admiro la grandeza de la naturaleza y de la creación.
Es un lugar seguro, de paz, un lugar donde suelo encontrarme conmigo misma. Desde ahí puedo ver dentro de mí las cosas positivas que me han dado buenos resultados, otras que no resultaron como esperaba, y otras que podría cambiar para mejorar como persona. El interior es el único lugar desde donde puede emerger y escucharse la voz de Dios en cualquier momento: cuando lo cuestionas, cuando te planteas una pregunta existencial, cuando necesitas su dirección. Y es ahí donde realmente nace el instinto por el cual suelo dejarme llevar en todas las decisiones que tomo en mi vida.

Por eso en muchas de mis obras se puede visualizar el órgano del corazón, representado en diferentes formas, desde la forma biológica hasta una forma menos realista. Para mí el corazón es un órgano muy importante: biológicamente su función es bombear la sangre en el cuerpo, y si el corazón no funciona, pues no hay vida. Pero hay algo más, muy curioso, un misterio que todavía no he entendido: por qué el corazón es el único órgano del cuerpo humano donde no aparece el cáncer. Para mí ya esto es un misterio en sí. Un corazón vendado puede seguir sintiendo; un corazón roto puede restaurarse; y hay dolores que el corazón llora aunque los ojos no alcancen a verlos. El corazón sabe cosas que la razón no sabe.

En fin, podría decir que el locus interno es el único lugar donde mi persona, mi yo, mi ser no puede ser colonizado; donde nada ni nadie puede penetrar sin que yo le dé un permiso. Todo lo demás pueden intentar quitártelo. Ese lugar, no. Desde esa cueva pinto. Desde esa cueva escribo este códice.
— Soraya Santana
Santo Domingo, agosto de 2026
Este texto recoge vivencias, percepciones y opiniones personales de la autora.

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